El banco de Dios: Pactando con el diablo
Nunca el Vaticano comprometió tanto su propia existencia durante 59 años al punto de pactar con el mismo diablo. A comienzos de 1929 el mundo y especialmente la Iglesia Católica no imaginaba la real dimensión de la crisis económica. Lo peor de todo, es que el propio Vaticano tuvo que hacerle frente. Nunca estuvieron tan cerca de la pobreza y austeridad como los primeros cristianos.
Pero queda claro que nunca estarían desamparados, y su salvador no necesariamente sería un personaje “de su devoción”. Mussolini se convertiría en la luz de esperanza del Vaticano.
La crisis mundial había obligado al Vaticano drásticas reducciones en el personal que laboraba en sus instalaciones con el fin de que también se reduzcan los gastos. Para Pio IX, no era nada agradable saber que la crisis que ellos estaban pasando no era necesariamente de “tendencias” mundiales. Uno de los puntos que más golpeo al Vaticano, fue la reunificación de Italia -siglo XIX- este hecho histórico dejaba como real administrador de diversas propiedades al gobierno Italiano, lo que origino que el Vaticano perdiera muchos ingresos productos de alquileres o concesiones en grandes extensiones de terreno por toda Italia.
Suceden en el trono 2 papas más, Pio X y Benedicto XV, las condiciones distaban mucho de mejorar, cada vez empeoraban.
El sucesor de Benedicto XV fue Pio XI, “Ambrogio Damiano Achule Ratti”, que lo hizo entre 1922 y 1939, personaje excepcionalmente dotado para las tareas diplomáticas y la suma cautela. Realizaría pactos sin despertar sospecha alguna.
Pio XI se volcó en la expansión de la Iglesia por todo el planeta. Su gran enemigo fue el comunismo, esto explica las simpatías con que miro a dictadores como Franco, Hitler y Mussolini.
Pero más allá de su animadversión por el comunismo, estos no pasaban de ser una “molestia” si contaba con un “mísero” presupuesto anual. Apenas superaba el millón de dólares. Cada día que pasaba la situación se tornaba más insostenible. Los resultados de una auditoría realizada por la comisión cardenalicia no pudieron ser más desalentadores: El déficit del Vaticano crecía de forma desmedida, al tiempo que los ingresos y las donaciones descendían peligrosamente.
Preocupado por las necesidades económicas de la Santa Sede, y cegado por su radical anticomunismo, Pio XI tomaría una drástica decisión.
La situación financiera de Italia no era mucho mejor que la de la Santa Sede. Con la mayor tasa de natalidad de Europa –que lo conserva hasta el día de hoy- y una inflación en ese tiempo solo superados por Alemania, la pobreza era el estado natural de muchas familias italianas.
Mussolini en su intento por controlar el poder en Italia, desarrollo una feroz campaña de violencia política contra los
comunistas, que gobernaban Italia. Los comunistas no se quedaron de brazos cruzados e iniciaron su propia protesta con paros laborales. En octubre de ese mismo año, se reunió el congreso del Partido Nacional Fascista y comenzaron los preparativos de la «Marcha sobre Roma», planeada como la ocupación de la capital italiana por parte de los «camisas negras», fascistas cuyo objetivo era presionar al rey para que encargase la formación de gobierno a Mussolini. Queda constatada en la historia, que Mussolini no encontró resistencia, así que “el Duce” asumió el poder.
Los efectos del ascenso al poder de Mussolini no se hicieron esperar. La actividad económica se reactivo. Las tasas de paro e inflación recuperaron sus niveles lógicos. Un verdadero paraíso si a uno no le importaban cuestiones como la democracia, la libertad de expresión o vivir en un estado policial sin las mínimas garantías jurídicas. Una dictadura con “maravillas”.
En cualquier caso, las arcas de la hacienda italiana recuperaron la salud perdida…queda claro que Mussolini era el hombre con el que Pio XI tenía que tratar. El 20 de enero de 1923, el cardenal Gasparri, secretario de Estado del Vaticano, mantuvo la primera de una larga serie de entrevistas secretas con Mussolini.
Sin embargo, había un pequeño gran detalle que podría dificultar notablemente un entendimiento entre Mussolini y la Santa Sede. Era de conocimiento público que el Duce era ateo y anticlerical. En su juventud había escrito varios textos profundamente antirreligiosos y en su vida personal ni se había casado con su pareja ni había bautizado a sus hijos. Se cuenta que en una ocasión se quito el reloj y, poniéndolo violentamente sobre la mesa, le dio a Dios un minuto para fulminarle si realmente existía y era todopoderoso. Pese a todo, una vez alcanzado el poder, Mussolini fue consciente de las dificultades de gobernar en Italia de espaldas a la Iglesia católica:
«Creo que el catolicismo podría ser utilizado como una de nuestras más potentes fuerzas para la expresión de nuestra identidad italiana en el mundo»
Por otro lado, el ateísmo de Mussolini irritaba a los financieros que le apoyaban económicamente, lo que hizo que el Duce cambiara de táctica. Los fascistas estaban convencidos del interés social de un sentimiento como el religioso, que es vínculo comunitario en las masas. El propio Mussolini se sintió muy sorprendido en 1922 ante la inmensa multitud que esperaba en la plaza de San Pedro la elección de Pio XI:
«Mira esta multitud de todos los países del mundo. ¿Cómo es que los políticos que gobiernan las naciones no se dan cuenta del inmenso valor de esta fuerza internacional, de este poder espiritual universal?».
Así que, a pesar de su declarado ateísmo, Mussolini no deseaba destruir lo que existía, sino ir, progresivamente, modificándolo, reinterpretándolo a su manera, hasta conseguir que un día se transformase en una cosa muy distinta y en una religión con un contenido muy diferente. A su forma.
Comenzaron a prodigarse algunos gestos de buena voluntad hacia el Vaticano, entre donaciones de reliquias y demás avatares. En la Santa Sede se desconfiaba de Mussolini, pero a la vez se mantenía un prudente silencio sobre su forma de llevar las riendas de Italia. En el Vaticano no se podía escuchar palabra alguna en contra del caudillo fascista a pesar de que se trataban de atentados contra la vida humana y la democracia. Oportunismo y conveniencia en su máxima expresión.
Aunque la conveniencia era mutua. Sin variar un ápice lo que pensaba, el comportamiento externo de Mussolini hacia el Vaticano experimento un importante giro. El Duce comenzó a acudir a misa, dio validez eclesiástica a su unión matrimonial –se caso religiosamente- e incluso bautizo a sus hijos, renunciando en su nombre, como todo buen padre cristiano, al «diablo y sus obras». En el terreno estrictamente político, esta nueva relación con el Vaticano quedo patente con medidas legislativas, como los impuestos para las parejas sin hijos, la consideración del adulterio como delito penal y la persecución a otras religiones que, claro está, no sean la católica.
Tras algunas conversaciones, el dictador manifestó su deseo de firmar un tratado y compensar a la iglesia. El papa manifestó que estaba realmente dispuesto a negociar, había dos cuestiones que él consideraba imprescindibles: el reconocimiento de la posesión de un estado soberano bajo la autoridad del pontífice y la igualdad jurídica entre matrimonio civil y religioso.
El Duce dio su consentimiento al inicio de las conversaciones, las reuniones comenzaron a nivel estrictamente confidencial: el jefe del Gobierno había advertido a los participantes de que la menor indiscreción llevaría, de manera inevitable, a la ruptura de las negociaciones y se consideraría un atentado contra la seguridad del Estado. Lo que sucedió, no fue exactamente como lo planeo.
La mañana del lunes 11 de febrero de 1929, las calles de Roma se fueron poblando, buena parte de los romanos sabían que algo importante iba a suceder en el Vaticano a pesar del celo impuesto. Cuando El Duce llego se sorprendió al encontrar una muchedumbre expectante que aguardaba su llegada. Un acceso de ira le sobrevino al comprobar que sus ordenes no se habían cumplido fielmente; es posible que incluso se viera tentado de dar media vuelta en uno de sus celebres raptos temperamentales, pero no fue así, el Papa Pio XI, y casi todos los miembros del gobierno Vaticano, le esperaban desde hacía unos minutos.
El tratado “histórico” a firmar se componía de tres apartados principales, aparte de varios anexos y otras disposiciones; el primero, el concordato, regulaba las relaciones entre la Iglesia y el gobierno italiano. En él, se devolvía al Vaticano la completa jurisdicción sobre las organizaciones religiosas en Italia. El catolicismo pasaba a ser la religión oficial del Estado italiano, prohibiendo que otras confesiones religiosas pudieran hacer proselitismo en el país y el gobierno asumía pagar el salario de los sacerdotes con cargo a los presupuestos nacionales.
El segundo apartado, el Tratado de Letrán propiamente dicho, establecía la soberanía del Estado Vaticano, con el
que automáticamente se establecían relaciones diplomáticas. Aparte del recinto vaticano se concedía a la Santa Sede soberanía sobre tres basílicas de Roma (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo), la residencia de verano del papa (el palacio de Castelgandolfo) y varias fincas por toda Italia.
Finalmente, estaba la «Convención Financiera», que de un plumazo llevaba a la Santa Sede de la miseria a la riqueza, esta última reconocía el derecho de la Iglesia a percibir una indemnización, cuyo monto se fijó en 1,750 millones de liras -90 millones de dolares- por los ingresos que había perdido en los casi sesenta años en que la reunificación de Italia perjudico al Vaticano.
Otras características del triunfo papal eran apenas menos impresionantes: la facultad para nombrar Obispos sin consulta, la personería jurídica para las congregaciones religiosas –lo que les permitiría crear más adelante el IOR- , la prometida paridad legal de los matrimonios religioso y civil, la imposibilidad del divorcio, el feriado obligatorio en todo el país para las festividades de guardar, la enseñanza católica obligatoria en todos los establecimientos de enseñanza.
Comenzaba una época en que las obras del diablo vendrían con la bendicion de Dios.
El dinero de Mussolini fue solo el comienzo de un colosal imperio económico que creció en poco tiempo alrededor de la Santa Sede. El artífice de este milagro económico fue Bernardino Nogara, un hábil financiero que no vacilo un instante a la hora de implicar al Vaticano en toda clase de negocios: desde el comercio de armas a las actividades que, hasta aquel momento, la doctrina católica había considerado como usura.
Continuara?
Tercera parte – El banco de Dios: El edificador.
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"Podrán arrancar mil flores, pero no podrán detener la primavera..."¡Facundo está vivo!


7:28 pm
Leo su bitácora y me da verguenza que usted caiga en las redes del demonio, el le hace creer que todo esto sucedió.
Le exijo que retire esta secuencia de infamias.
7:15 pm
Lamento mucho no estar en la capacidad de mentir para satisfacer sus expectativas, la blogosfera tiene muchas alternativas, por ahí puede encontrar alguno de su agrado. Gracias.
4:24 pm
Jesucristo fue el primer socialista de la historia: al igual que el comunismo, fue defensor de los pobres y condenó la explotación de éstos por los ricos. Sin embargo, los ricos pretenden invertir los hechos y mienten queriendo hacernos creer que Jesús fue defensor de los ricos, prometió a los pobres un paraíso celestial en la otra vida y bendijo el infierno terrenal de ésta, apoyando la injusticia, la esclavitud y explotación de los ricos contra los pobres.
Esa es la falsa imagen que le dan a la Virgen María con la mentira de Sus apariciones en Fátima, constituyendo esta farsa una malsana penetración ideológica. Algo parecido hicieron con la difunta Madre Santa Teresa de Calcuta: fue defensora y protectora de los pobres, pero cuando murió, los malvados ricos y poderosos explotadores de siempre se apoderaron de sus restos mortales e impidieron que los pobres (a los que ella tanto ayudó y protegió) participen en las honras y los homenajes fúnebres.
El cuento de que la Virgen María bajó del Cielo y se apareció a tres pastorcitos en Fátima (Portugal) el 13 de mayo de 1917 y luego en otras fechas posteriores es una gran mentira, pues contradice abierta y descaradamente las enseñanzas de Jesús de amor al prójimo y solidaridad con los pobres. Presenta a la Virgen como una reaccionaria defensora de los ricos contra los pobres, al arremeter contra la Revolución Rusa y contra el comunismo en general. Es una farsa de clara intencionalidad política, pero de la peor de las políticas, la lucha del mal contra el bien, pues surgió a favor de los explotadores y en contra de los oprimidos, apoyando la esclavitud y la injusticia, específicamente las que imperaban en Rusia antes de la Revolución: el zarismo semifeudal y opresor.
Algo parecido tuvo la Iglesia Católica como antecedente en el siglo XVII en su postura contra la Revolución Francesa, que fue el digno y ejemplar levantamiento con el que el pueblo francés dio al mundo un gran ejemplo y lección de justa lucha contra la maldad y la ignominia. La Iglesia se puso inmediatamente de lado de los reyes y aristócratas parásitos, pues había apoyado la esclavitud y la injusticia que imperaban en Francia antes de la Revolución: el antiguo régimen semifeudal, más aún por el hecho de que era la secuela del inhumano, bárbaro y oscuro feudalismo medieval (llamado la noche de la historia) que había sido regentado por la misma Iglesia, y que había sido derrotado a medias, pero no del todo, con el Renacimiento y su benéfico humanismo. Así fue cómo la Iglesia pretendió impedir que la Revolución Francesa le de el golpe de gracia al semiderrotado feudalismo medieval, pero afortunadamente no lo logró.
Volviendo al siglo XX, el cuento de la Virgen de Fátima lo inventó el reaccionario Papa Pío XI con motivo del triunfo de la Revolución Rusa en octubre de 1917, unos meses después de la fecha de la supuesta primera aparición de María en Fátima. Todo el relato, más que girar en torno a la Virgen María lo hace en torno al comunismo, pues lo sataniza estúpidamente, a diestra y siniestra, como si Marx, Engels y Lenin fueran los anticristos por luchar contra la explotación y la injusticia social.
El objetivo de esa patraña fue claro, impedir que el buen ejemplo libertario del pueblo ruso se expanda a otros países, en especial a Portugal, en donde también por entonces ya era inminente una revolución socialista, pues Pío XI era un anticomunista que por desgracia logró su objetivo, matando dos pájaros de un tiro: impidió el triunfo del socialismo en Portugal y engañó a medio mundo cristiano. No conforme con esa mentira, 20 años después, en 1937 publicó una diabólica y satánica encíclica titulada “Divini Redemptoris” en la que condenaba el comunismo, con el consabido pretexto de que es un régimen ateo.
Como se ve, es un caso más de mezcla de política con religión, de los muchos que hizo la Iglesia a lo largo de los siglos en defensa de la esclavitud y la injusticia, y en contra de cualquier intento de liberación de los pueblos y de imposición del bien y la justicia.
Algo parecido tendría después la Iglesia Católica como consecuente, en la segunda mitad del siglo XX, con su lucha contra el socialismo de Alemania, Polonia y los países de Europa del Este, todos ellos liberados y liderados por la Unión Soviética. La Iglesia, especialmente el reaccionario Papa Juan Pablo II, apoyó la Guerra Fría encabezada por Estados Unidos y los países de la OTAN, en su lucha contra el comunismo, lucha injusta y cavernaria que además llevó al mundo al borde de la guerra nuclear.
En el colmo de la blasfemia y el sacrilegio, el cuento de la Virgen de Fátima presenta a María como una demonia (¡absurdo!), pues hasta posee su infierno al cual amenaza con enviar a los pecadores, y se lo muestra a los tres pastorcitos a los cuales dizque se apareció en Fátima. Los tres niños describen el infierno que les mostró María como “un mar de fuego sobre el cual iban cayendo las almas de los condenados, gritando por el dolor quemante y la desesperación. Si no hubiera sido por la reconfortante presencia de la Nuestra Señora, habríamos muerto de terror”. Preguntada sobre cuáles son los pecados que más arrastran al infierno, María contestó que los pecados de la carne. O sea, al sexo lo considera cucufatamente como un pecado mortal, siendo en realidad algo propio de la naturaleza, sin en cual no sería posible la procreación. ¿O acaso creen esos cucufatos que los hijos se originan sin sexo, por obra y gracia del Espíritu Santo, como Jesús?
Además, María “les dijo a dos de los tres pastorcitos a quienes se apareció que irían pronto al Cielo a reunirse con Ella, y en efecto, los dos enfermaron y murieron al poco tiempo”. Según eso, María fue una asesina porque hizo que esos niños se enfermen y mueran para que vayan al Cielo; los mató.
Por si todo eso fuera poco, el “3er secreto de Fátima” vaticina que la tierra será destruida por un gran terremoto de 8 horas de duración; ojo, no 8 minutos sino 8 horas. Con ello, María también es una asesina masiva de lesa Humanidad, una terrorista que desea un mal tan diabólico para el mundo. Con la complicidad anticomunista con el HAARP, que permite a EEUU crear terremotos artificialmente, no sería de extrañar que haya un plan secreto y coordinado entre ellos y las diabólicas entidades relacionadas con la Virgen de Fátima para destruir al mundo por no dejarse dominar por el imperialismo judeo-yanqui.
Por todos estos motivos, nadie debe dar crédito a ese cuento sacrílego que es el cuento chino de la Virgen de Fátima, y menos por la intencionalidad mezquina y reaccionaria que trae consigo: el malsano anticomunismo. Todo salido de la mentalidad mezquina y cavernaria de un loco, el diabólico papa Pío XI.
2:42 am
muy interesante tu informacion, no tenia idea de como se habia creado el oir, ni con que fin
buena tu investigacion
saludos